Miro con temor hacía el horizonte.
El mar, azúl y verde, azota con sosiego
sus colosos brazos contra la pálida arena;
y entre cada golpe,
puedo escuchar que susurra mi nombre.
Conoce mi inexorable destino,
e impasible, le escucho.
Mi vestido, aliado del viento,
juguetea en compás aromonioso
mientras mis pies se hunden
en una capa delgada y húmeda arena.
Sólo siento el roce de un manto
inivisble, salado y gélido,
contra mi faz tibia y humeda por el tiempo.
Finalmente, mi garganta se une a la danza;
“Dum loquimur, fugerit invida aetas: carpe diem, quam minimum credula postero”
pronuncio solemne,
y acabamos, el mar y yo en un punto intermedio.
Me giro, caminando con parsimonia
esperando el destino
que me está previsto;
mientras mi nombre,
resuena aún más sonoro entras las olas y el viento.
Escrito por mi en el 26 de diciembre de 2010
